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miércoles, 19 de agosto de 2009

La "carneada"

Yo nací en el campo en la década del 40.-
En esa época, las mujeres parían en sus casas, ayudadas por una “comadrona”, señoras expertas en ese tipo de situaciones.-
En mi caso ofició de tal la tía Saturnina, hermana de mi abuela, a quien, cuando fuimos mas grandes, aprendimos a esquivar por la efusividad de sus saludos.-
Mi padre tenía una pequeña chacra de 24 hectáreas en la que trabajaba de sol a sol, ayudado por mi madre.-
Éramos pobres, pero gracias al esfuerzo de mis progenitores no pasamos privaciones y tuvimos una infancia feliz.-
Mi padre había diversificado la producción de la chacra y sembraba trigo, maíz o girasol, según la época.-Tenía una pequeña majada, algunas vacas, los necesarios caballos para las tareas de labranza y unos pocos cerdos.-
La venta del producto de las cosechas nos proveían de los medios para la adquisición de lo que hacía falta , las ovejas nos aportaban carne durante el invierno y los cerdos se vendían también, a excepción de cuatro de ellos, que se separaban del resto y se cebaban aparte para la “carneada”, que se realizaba, generalmente, en los meses de junio o julio, cuando arreciaban las heladas, dado que el “freezer” aún no se había inventado y, aunque existiera, tampoco hubiese estado a nuestro alcance.-
A este “acontecimiento” quiero referirme.-
El día anterior a la fecha fijada, aparecía mi tío Francisco, peón “golondrina” que vivía en el poblado distante unas dos leguas, en el sulky del que tiraba un jamelgo tordillo y a la mañana siguiente, cruzando campo, llegaba el tío Juan y sus dos hijos, un poco mayores que yo, cuya chacra lindaba con la nuestra.-
A ellos se sumaba don Aquilino, un español de “Castilla la vieja”, como él se autodefinía, que, por haber sido amigo de mis abuelos, pasaba largas temporadas en casa.-
Luego de desayunar y a eso de la media mañana, se elegía el primer cerdo y se lo llevaba al galpón acondicionado al efecto, donde, sobre unos tablones de madera puestos sobre bancos , mientras los demás lo sujetaban, mi padre procedía a clavarle un afilado cuchillo con mango de plata, lujoso recuerdo de sus años mozos que aún conservo, en el pecho, buscándole el corazón, para acortar la agonía de la bestia.-
Era tan certero en esto que no recuerdo haberlo visto tener que repetir la operación.-
En un fuentón de lata cincada puesto debajo del animal, se juntaba la sangre para hacer luego las morcillas y, de inmediato, se procedía a pelarlo, frotando vigorosamente al cerdo con bolsas de arpillera empapadas en agua hirviendo.-
Me parece ver a los cuatro hombres moviéndose rítmicamente y sin pronunciar palabra, concentrados en la tarea, mientras los chicos observábamos con ojos asombrados sin comprender demasiado lo que veíamos.-
Una vez despojado de toda su pelambrera, el animal se colgaba de los garrones en ganchos sujetos al final de una soga que, pasando por una roldana, permitía elevarlo a una altura conveniente, lo que demandaba el esfuerzo conjunto de los hombres, dado que superaba holgadamente los 200 kgrs.-
Entonces mi padre procedía a abrirlo en canal desde la ingle hasta el cogote y, entre todos, procedían a eviscerarlo, separando lo utilizable y arrojando el resto a los perros que, como si conocieran lo que habría de suceder, aguardaban echados en círculo esperando su parte del cruento ritual.-
De inmediato se separaba el costillar, que iba a parar a la parrilla, ennegrecida y humeante, preparada a un costado para asar lo que iba a constituir el almuerzo de ese día.-
Entonces los hombres se distendían, lavaban sus manos ensangrentadas, encendían algún cigarrillo, se sentaban en esos bancos rústicos propios de las chacras y, utilizando una pava tiznada y llena de abolladuras, tomaban mate y conversaban animadamente sobre los avatares de la jornada que promediaba.-
Cuando el costillar estaba listo, se almorzaba y luego, una vez recogido y lavado todo lo utilizado, se repetía el procedimiento con los cerdos restantes.-
Al atardecer ya se habían despostado todos los animales y, mientras mi madre cocinaba las primeras morcillas, sobre la mesa grande y rústica se apilaba la carne picada, con la que habrían de hacerse los chorizos.-
La condimentación de la misma constituía todo un proceso: se recurría a antiguas recetas que habían pasado de generación en generación y, conforme se le iban agregando las diversas especias, cada uno de los presentes procedía a probar y emitir opinión y, cuando todos se ponían de acuerdo, se daba por aprobada la mezcla, se la cubría con lienzos y se la dejaba estacionar hasta el otro día, en que se procedería al llenado de los chorizos.-
Aparte habían quedado los cuartos traseros para los jamones, los estómagos para el queso de cerdo y el picado para rellenar los mismos, las pancetas y las bondiolas.-
Para esto, ya se habían hecho alrededor de las nueve de la noche y se procedía a la cena, que consistía en más cerdo asado y la degustación de algunas de las morcillas recién hechas.-
Luego, todos nos íbamos a la cama y el tío Juan y sus hijos volvían a su casa: los mayores cansados y los chicos excitados por la jornada vivida.-
Al otro día, muy de mañana y con la helada blanqueando los pastizales, ya estaba toda la dotación en pié y lista para la jornada.-
Mientras los grandes se aprestaban al llenado de los chorizos, los chicos jugábamos con las vejigas de los cerdos, infladas a manera de pelotas y, de cuando en cuando, aparecíamos insistiendo para que nos dejaran dar unas vueltas a la manija del aparato utilizado en la tarea de llenado, lo que nos demandaba un esfuerzo superior a nuestras fuerzas, por lo que, rápidamente, volvíamos a nuestros juegos.-
Al caer la tarde, casi toda la tarea estaba concluida: los chorizos y las morcillas colgaban de cañas suspendidas del techo del galpón; los jamones habían sido metidos en barriles con sal y los quesos de cerdo sometidos al prensado correspondiente.-
Los mayores agotados por el esfuerzo y los chicos por no haber parado de corretear durante los dos días, cenábamos frugalmente y otra vez a la cama.-
Al día siguiente se volvía a la normalidad: temprano mi madre había ordeñado la lechera para tener la leche para el desayuno y, luego del mismo, mi padre ataba los caballos al arado y el tío Francisco uncía su mancarrón tordillo al sulky y emprendía el regreso al poblado envuelto en una polvareda y seguido un trecho por los perros y sus ladridos.-
Cuando nos levantábamos, un poco mas tarde y restregándonos los ojos adormilados, ya nada quedaba de la actividad de los días anteriores por lo que volvíamos a nuestra rutina de juegos y correrías.-
Mucho años han pasado desde entonces, pero el recuerdo de la carneada permanece vivo en mí que, con mi hermana mayor, somos los únicos sobrevivientes de esa época.-
Ha de ser por eso que, cuando llega julio con sus heladas, que no me parecen tan crudas como las de antes, no puedo dejar de pensar en ella y un pensamiento recurrente vuelve a mi: si hela fuerte comeremos buenos chorizos este año.-

AMARCORD

Otro pintoresco relato que nos envio don Hector Bielza de 9 de Julio.

sábado, 27 de junio de 2009

El almacén de ramos generales

Lugar destacado de los pueblos y ciudades pequeñas, el almacén de ramos generales, sucesor de las viejas pulperías y antecesor de los modernos supermercados, ocupa un lugar preponderante en los recuerdos de mi infancia.-
La misma transcurrió en una chacra, a dos leguas del poblado más cercano, y la visita semanal al almacén constituía para mi todo un acontecimiento.-
Recuerdo a mi padre, atando los caballos que tiraban de la vieja americana en que nos trasladábamos al palenque que marcaba el límite entre la vereda y la calle polvorienta.-
El edificio lucía sólido y, a un costado, imponían su presencia dos surtidores de combustible, accionados a mano, para el expendio de nafta y querosene.-
Ni bien trasponíamos el umbral, nos recibía un penetrante aroma en el que se conjugaban el que emitían las especias, el café en grano, el cuero de los aperos, los quesos apilados en el mostrador y los chacinados, colocados en una fiambrera, con el olor rancio proveniente del despacho de bebidas contiguo donde predominaba el del tabaco negro que consumían los parroquianos en cigarrillos liados a mano o desgastadas pipas.-
Con una parte del piso de ladrillos y otra de madera, aquello era un mini mercado persa.-
En el salón principal, el de piso de ladrillos, atravesado por un mostrador bastante mugroso, se hallaba el almacén propiamente dicho.-
Sobre la pared del fondo, en una estantería de madera alguna vez lustrada, se podía encontrar desde la mecha para un farol hasta los cordones para zapatos, pasando por el hilo para coser ropa como el de atar chorizos o el sisal, de usos múltiples, jabones de tocador o de lavar ropa, limpiadores, cuchillos, bombillas, mates y una cantidad interminable de artículos de uso diario.-
En la parte inferior, en cajones con tapas deslizantes, el azúcar en terrones y fideos varios, que se expendían en paquetes armados con papel de estrasa.- La yerba, en cambio, se vendía en bolsas de arpillera de 5 kg..-
En el extremo izquierdo del mostrador, reinaba la balanza de platos y en el derecho, la pila de quesos, protegidos por una especie de campana de vidrio, y la fiambrera.-
La pared anterior la ocupaban los aperos y herramientas: pecheras, yuguillos, cinchas, pretales, serruchos, martillos, grandes tronzadores, morsas, leznas y todo lo necesario para las tareas rurales.-
En el lateral derecho, la tienda donde, sobre un mostrador mucho mas decoroso y pequeño que el otro, se apilaban bombachas, camperas, camisas, cinturones, boinas comunes y con borla roja, propia de los domadores, fajas negras y multicolores y las célebres alpargatas de yute marca “Rueda” y “Luna”, cuyo fabricante patrocinó la edición de los almanaques ilustrados maravillosamente por Molina Campos.-
Había también espacio para las barricas de vino y las que contenían las tripas conservadas en sal que se utilizaban en las carneadas.-
Por el lado izquierdo, y a través de una arcada, se pasaba al despacho de bebidas, servidas sobre un mostrador con cubierta de estaño y en vasos de vidrio grueso, enjuagados de apuro en un fuentón de chapa zincada puesto sobre el piso del lado del despachante llenado con el agua que proveía una bomba sapo colocada a un costado.-
En la trastienda funcionaba el “escritorio”, donde se controlaban las libretas, precursoras de las actuales cuentas corrientes, que saldaban los chacareros no más de una o dos veces al año, cuando levantaban sus cosechas.-
A él accedíamos cuando mi padre arreglaba cuentas o, cuando apurado por algún imprevisto, necesitaba efectivo para salir del paso, porque también ese aspecto social cubría la estructura del almacén con los clientes de confianza.-
A un costado del edificio principal, en un gran galpón de chapas, se acumulaban materiales de construcción, postes y varillas para alambrados, rollos de alambre liso y de púas, torniquetes y una variedad sin fin de insumos para la actividad rural y las pilas de bolsas de arpillera utilizadas en las cosechas.-
Todo era atendido por el padre, tres hijos y algún “habilitado”, como se llamaba entonces al personal que percibía una parte de las ganancias del negocio.-
Mucho tiempo ha pasado desde entonces y del pueblo queda muy poco.-
Los pobladores se fueron trasladando a las ciudades, acercadas por la construcción de rutas y la proliferación de modernos medios de transporte y la piqueta se llevó el viejo almacén de ramos generales junto con una parte importante de mi infancia feliz de chico de campo.-
No obstante, cada vez que tengo oportunidad de pasar por el lugar, me detengo un momento para percibir de nuevo, cerrando los ojos, el aroma de las especias y del café en granos y también, por que no, el rancio olor de tabaco negro quemado en cigarrillos liados a mano o en viejas pipas.-

El Bardo


*Este hermoso relato descriptivo y lleno de recuerdos de un tiempo no tan lejano, nos lo envió desde el partido de 9 de Julio (Bs. As.) don Héctor Bielza quien también nos felicita por el blog y sus contenidos. Espero que los lectores disfruten como lo hice yo al leer los recuerdos de don Héctor. Proximamente publicaremos otro de los relatos que nos hizo llegar.
Aprovecho para mandarle un cordial saludo y mis deseos de una pronta mejoría a este paisano del centro de la provincia de Buenos Aires